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La semilla estéril
 

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En un país muy muy lejano, el rey convocó a todos los jóvenes a una audiencia privada, en la que pensaba transmitirles un importante mensaje. Muchos jóvenes venidos de diferentes ciudades acudieron a la llamada. Cuando estaban todos reunidos, el rey explicó:

–Os voy a dar una semilla diferente a cada uno de vosotros, que deberéis plantar en una maceta. Dentro de un año, volveréis a palacio trayendo la planta que en ella habrá crecido. Aquella que a mis ojos parezca más hermosa, aquella que haya recibido los más cariñosos cuidados y la atención más devota, me indicará quién es el joven adecuado para casarse con mi hija y, por tanto, para heredar el reino.

Y, así, cada joven recibió su semilla. Uno de ellos, sin embargo, la plantó sin éxito. La planta no germinaba y, mientras tanto, los demás jóvenes del reino no paraban de hablar maravillas acerca de sus plantas y de mostrarlas llenas de hermosas flores por las calles.

Pasó un año y todos los jóvenes del país se dirigieron orgullosos al castillo, portando bellas y exóticas plantas. Pero aquel cuya semilla no había germinado estaba triste y había renunciado a acudir de nuevo a palacio. Tan solo la insistencia de su madre pudo convencerlo:

–Eres un participante más y debes estar allí.

Con la cabeza baja y muy avergonzado, desfilaba el último hacia el castillo, con su maceta llena de tierra infértil. Todos lo miraban y se reían, mientras hinchaban el pecho al contemplar sus hermosas plantas. El alboroto fue interrumpido por la entrada del rey, que comenzó a pasearse por la sala observando las macetas de todos los participantes y admirando los hermosos ejemplares que habían hecho crecer. Cuando se detuvo ante el joven de la maceta vacía, lo miró con curiosidad. Finalmente, lo animó a situarse en el centro y a tomar la mano de su hija, mientras el resto de los asistentes lo contemplaban atónitos:

–Caballeros, aquí tienen al futuro marido de mi hija y rey de esta gran nación. Pues, aunque todos recibieron una semilla infértil, él ha sido el único valiente que se ha presentado en palacio con la maceta vacía, sin tratar de engañarme, y mostrándose sincero, honesto, leal y auténtico. Las cualidades que un futuro soberano debe reunir... y que, desde luego, mi hija merece.