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Cuando miras la vastedad del universo en una noche estrellada (nuestra galaxia con trescientos mil millones de estrellas, y estrellas que tienen el brillo de trescientos mil soles, y de cien millones de galaxias en el universo explorable) no debes sentir tu pequeñez y tu insignificancia, sino tu grandeza. Porque el espíritu del hombre es mucho más grande que esos universos. Porque el hombre puede mirar esos mundos y comprenderlos y ser consciente de ellos, mientras que esos mundos no pueden comprender al hombre. Esos mundos están compuestos de moléculas simples, como la del hidrógeno, que sólo es de un núcleo y un electrón, mientras que el cuerpo humano tiene moléculas más complicadas y tiene además la vida, cuya complejidad trasciende la del mundo molecular; y el hombre tiene además la conciencia y el amor. Y cuando el enamorado dice que los ojos de su amada brillan más que las estrellas, no está diciendo un hipérbaton (aun cuando Sigma de la Dorada brille trescientas mil veces más que el sol), porque en esos ojos asoma la luz de la inteligencia y del amor, que no la tienen Sigma de la Dorada, ni Alfa de la Lira, ni Antares. Y aun cuando el radio del universo sea de cien mil millones de años luz, el radio del universo tiene límites. Y el más inferior de los hombres es mayor que todo el universo material, con una grandeza de otro orden que sobrepasa la grandeza del volumen. Porque todo el universo material se vuelve como un pequeño punto en el entendimiento humano que lo piensa.

Y esos mundos son mudos. Alaban a Dios pero con una alabanza inconsciente, sin saberlo. Y tú eres la voz de esos mundos y la conciencia de ellos. Y esos mundos no son tampoco capaces de amor, mientras que tú eres la materia enamorada.

Pero tu entendimiento no está separado de esos mundos, eres también ese inmenso universo, y eres su conciencia y su corazón. Eres el vasto universo que piensa y que ama.

Y la vastedad del universo que contemplas en una noche estrellada se hace más vasta si te contemplas también a ti mismo como parte de ese mismo universo que contemplas, y te das cuenta de que tú eres el mismo universo contemplándose y que además de sus dimensiones espacio-temporales en ti adquiere una nueva dimensión (todavía mayor) el universo.

Porque todo el cosmos está en comunión. El calcio de nuestros cuerpos es el mismo calcio del mar (y lo hemos sacado del mar porque nuestra vida salió del mar) y el calcio de nuestro cuerpo y del mar son del mismo cielo: el calcio que tienen los astros, y el que flota en los océanos interestelares y del cual han salido los astros (porque los astros son una concentración de la tenue materia de los espacios interestelares y salieron de ellos como nuestro cuerpo salió del mar). Y en realidad no existen vacíos interestelares ni intergalácticos, sino que todo el cosmos es una sola masa de materia, más o menos rarificada o concentrada, y todo el cosmos es un solo cuerpo. Los elementos de los meteoritos venidos de estrellas lejanas (calcio, hierro, cobre, fósforo) son los mismos elementos de nuestro planeta, y de nuestro cuerpo, y los mismos de los espacios interestelares. Así que estamos hechos de estrellas o, mejor dicho, todo el cosmos está hecho de nuestra propia carne.

En nuestro cuerpo comulgan todos los animales vivos y los fósiles, los metales y todos los elementos del universo. El escultor que labra la piedra está hecho de la misma materia de la que está hecha la piedra, y es como la conciencia de la piedra, es la piedra hecha artista, es la materia con alma. Y cuando el hombre ama a Dios y se une con Él, es la creación entera con su tres reinos, mineral, vegetal y animal, la que lo ama y se une con Él.

ERNESTO CARDENAL,
Vida en el amor